miércoles, 30 de noviembre de 2011

Simone Weill, la religión de los esclavos

La pensadora Simone Weil, cuya obra fue publicada póstumamente, es una de las filósofas más originales de su época. Fallecida en 1943, Weil dejó reflexiones sobre la filosofía clásica, la visión marxista del mundo o las relaciones entre la religión y la política.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

La pensadora Simone Weil, cuya obra fue publicada póstumamente, es una de las filósofas más originales de su época. Fallecida en 1943, Weil dejó reflexiones sobre la filosofía clásica, la visión marxista del mundo o las relaciones entre la religión y la política. Ahora acaba de aparecer una nueva biografía suya obra de la ensayista Gabriella Da Fiori (1), que resulta básica para comprender la vida de esta singular mujer (París, 1909-Kent, USA, 1943), proveniente de una familia judía, sin contar con ninguna formación religiosa (“educada en un completo agnosticismo”), estuvo desde niña obsesionada por el dolor humano y quiso alcanzar a Dios a través de la compasión.intelectual y laica; su padre era un médico famoso y su hermano mayor, André, es un matemático brillante y precoz.

Sus estudios apasionados -y críticos- de la doctrina marxista le acarrean notoriedad, y a los 23 años es ’transferida’ del liceo por encabezar a una demostración de obreros desempleados. Un diario conservador la apoda ’la virgen roja’, por su extraña combinación de preocupaciones por la situación social y por la pureza y la verdad. No tiene, sin embargo, convicciones religiosas. Las disputas con los superiores de los liceos se suceden, por cuestiones políticas y metodología docente.

Conoce a Trotsky, con quien discute sobre la situación rusa y el significado de la revolución socialista, entra de la mano de su amigo Boris Souvarine en el conocimiento de lo que hay detrás de la palabra Stalin, y le da vueltas a las ideas marxistas en un ámbito militante relacionado con la corriente que algunos definen como anarcobolchevique que edita la revista (que algún día habrá que rescatar) que animan Pierre Monatte y Robert Louzon Revolution Proletarienne, y que en curso de la guerra y la revolución española tratarán de establecer un puente entre la CNT y el POUM, la propia Simone vendrá a Barcelona, se pondrá a la disposición del POUM, trata d convencer a Julián Gorkin para llevar a cabo un golpe de mano para liberar a Joaquín Maurín de las fauces del familiar-fascismo, y tratará de encontrar su lugar en la Columna Durruti donde nuevamente su miopía devendrá una dificultad insalvable En su adolescencia estudia intensamente filosofía y literatura clásica. A los 19 años ingresa, con la calificación más alta (seguida por la lograda por una tal Simone de Beauvoir) a la Ecole Normale Superiore, se gradúa a los 22 y comienza su carrera docente. A los 25 años pide una licencia y va a trabajar durante más de un año, junto a los obreros, como operaria manual en varias fábricas (Renault) ("Allí recibí la marca del esclavo", dirá más tarde). Se acrecientan sus sufrimientos físicos (sinusitis crónica), y sus padres la llevan a Portugal, en unas breves vacaciones, para intentar recuperar su salud perdida. Allí presencia una procesión católica popular, en una aldea pobre, una noche a orillas del mar; "tuve de pronto la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, que los esclavos no podían dejar de seguirla... y yo entre ellos".

De esta época datan páginas como estas:

“La vida, tal como es, solamente resulta soportable a los hombres por la mentira. Quienes rechazan la mentira y, sin rebelarse contra el destino, prefieren saber que la vida es intolerable, acaban por recibir desde afuera, desde un lugar situado fuera del tiempo, algo que permite aceptar la vida como es.

Todo el mundo siente el mal, le tiene horror y quisiera librarse de él. El mal no es ni sufrimiento ni pecado, es una y otra cosa a la vez, algo común a ambos, pues los dos están ligados: el pecado hace sufrir, el sufrimiento engendra maldad, y esta mezcla inseparable de sufrimiento y pecado es el mal en el que estamos, a pesar nuestro; y estar en él nos horroriza.

Parte del mal que está en nosotros lo arrojamos, lo proyectamos sobre los objetos de nuestra atención y nuestro deseo. Y esos objetos nos lo devuelven, y parece como si el mal viniera de ellos. Por eso llegamos a sentir odio y asco por los lugares en que nos encontramos sumidos en el mal; nos da la impresión de que esos lugares nos aprisionan en el mal. Es así como los enfermos llegan a odiar su habitación y su entorno, aun cuando esté formado por seres queridos; así también como los obreros llegan a odiar su fábrica, etc.

Pero si dirigimos nuestra atención y nuestro deseo sobre una cosa perfectamente pura, la parte de nuestro mal que arrojemos sobre ella no la manchará; seguirá siendo pura, no nos devolverá el mal y así nos libraremos de él. Somos seres finitos, y también es finito el mal que hay en nosotros; así pues, si la vida durara lo bastante, podríamos tener la certeza de que llegaría el día en que, por este medio y en este mundo, nos veríamos libre de todo mal.

Nada hay puro en este mundo, salvo los objetos y los textos sagrados, la belleza de la naturaleza (si se la contempla en sí misma, sin tratar de alojar en ella las fantasías propias) y, en menor grado, los seres humanos en los que Dios habita y las obras artísticas surgidas de la inspiración divina.

El único obstáculo a esta transmutación del horror en amor es el amor propio, que hace penosa la operación de llevar nuestra mancha al contacto con la pureza. Sólo se puede vencer al amor propio si se tiene una especie de indiferencia respecto de la propia mancha, si se es capaz de ser feliz con el pensamiento de que existe algo puro” (2).

Después de un breve retorno a la docencia, tiene lugar su breve Guerra Española. Según Albertine Trévenon: “Simone tendía hacia los revolucionarios. La revolución rusa, portadora en su origen de una inmensa esperanza se había desviado y los proletarios eran postrados por la burocracia en una situación de esclavitud. La burocracia, nueva casta de privilegiados, confundía a gusto industrialización y socialismo. Simone profesaba demasiado amor y respeto al individuo para sentirse devota del estalinismo”.

Después de sufrir diversas quemaduras en un accidente en el frente, regresará a Francia; en su reconciliación con el catolicismo tomara también distancias del anarquismo (ver Luis Mercier Vega, Simone Weill en el frente de Aragón, en Los escritores y la guerra civil, Monte Ávila, Bogotá, 1977). De nuestra guerra, le queda el sentimiento de horror por la brutalidad y el desprecio por la verdad y el bien, por ambas partes; y, posteriormente, la amistad con otro escritor francés, Bernanos, que había luchado en el otro bando. En 1937 visita Italia, y en una capilla de Asís se siente impulsada a arrodillarse, por primera vez en su vida. Su salud empeora, tiene dolores de cabezas agudos y continuos. En la pascua de 1938 asiste a los oficios religiosos en la abadía de Solesmes. El cristianismo -la religión de los esclavos a su parecer- ocupa un lugar preponderante en sus pensamientos; tiene alguna experiencia mística, a la que prefiere resistir; se niega a rezar, o a considerar siquiera "la cuestión del bautismo". Encuentra resonancias cristianas en Homero, Platón, la Bhagavat-Gita. Es el año 1940, Hitler está en su apogeo y su condición de judía comienza a acarrearle problemas.

En Marsella, a los 31 años, conoce al sacerdote dominico J. Perrin, quien la ayuda a encontrar trabajo manual en la granja de Gustave Thibon, escritor católico (junio de 1941). Con el padre Perrin se plantea el tema de su bautismo, pero, a pesar del aliento del sacerdote, Simone se resiste.

Sus razones y sus dudas, que aparecen expuestas en cartas y notas, aparecerán más tarde en los libros Espera de Dios y Carta a un religioso. Con Thibon, pese a un comienzo difícil, ("los primeros contactos fueron penosos, no coincidíamos en casi nada... yo tenía que armarme de paciencia y cortesía ", dirá él más tarde), se entabla una amistad breve, pero importante: a él confiará ella sus libros de notas, antes de partir, en mayo de 1942, a Nueva York con su familia. Thibon, por su parte, será uno de sus más fervientes admiradores ("nunca he dejado de creer en ella (...) no he encontrado jamás en un ser humano semejante familiaridad con los misterios religiosos; jamás la palabra sobrenatural me ha parecido tan llena de sentido como a su contacto") y quien, a su muerte, editará una compilación de sus notas, bajo el título La gravedad y la gracia. Este libro, junto con Espera de Dios, serán seguramente sus obras más notables.

Su última actividad militante fue contra los nazis. Simone, una vez en Nueva York, trata de unirse al movimiento de la resistencia: viaja a Londres e intenta ingresar a Francia como combatiente, pero sólo logra un puesto en la organización Francia Libre, donde redacta informes. En abril de 1943 se le diagnostica tuberculosis. En el hospital, se niega a consumir los alimentos que su estado requerían, y muere el 24 de agosto, a los 34 años. Es sepultada en Kent.

En esos momentos, es prácticamente desconocida. Pocos rastros quedan de su limitada notoriedad en la década del 30, como intelectual de izquierda. No ha publicado ningún libro y se ha mantenido apartada de los círculos literarios. Al fin de la guerra, sus amigos comienzan a editar sus escritos; además de los nombrados, se destacan "La opresión y la libertad", escrito en 1934, notabilísima muestra de su evaluación del marxismo y su filosofía política general, de la que nunca se retractó; Las raíces del existir, La fuente griega, son otras de sus obras. Desde entonces, Simone Weil ha atraído la atención de muchísimos literatos, filósofos, teólogos y sociólogos. Intelectuales como Albert Camus y T. S. Eliot le profesan una enorme admiración. Su lucidez, honestidad intelectual y desnudez espiritual constituyen una combinación rara, e inolvidable para todos los lectores, de diversas tendencias de pensamiento, que se han alimentado de sus escritos.

Entre muchas cosas, Simone Weil es una autora primordial para comprender la evolución de nuestro Manuel Sacristán, así como para situarse ante movimientos como “Cristianos por el socialismo”, y como no, la Teología de la Liberación.

1) Gabriella Fiori, Simone Weil, tr. de Silvio Matón, Adriana Hidalgo Editora Buenos Aires, 2006, 232 páginas. 10,50 euros

2) Pensamientos Desordenados.

Fuente: Kaosenlared

martes, 29 de noviembre de 2011

Los suicidios de los trabajadores en Francia

por Maximiliano Sbarbi Osuna | 02.06.11

Los avances laborales de la sociedad francesa se mantienen en gran parte a pesar de los recortes hechos en los últimos años por la crisis económica. Sin embargo, los numerosos casos de suicidios dentro de las grandes empresas y durante la hora de trabajo permiten vislumbrar que los empleados de las grandes compañías (France Telecom, La Poste, Renault) están sufriendo una enorme presión laboral que supera a cualquier remuneración económica o conquista social hecha por los sindicatos. ¿Cuáles son los orígenes de la alta tasa de suicidios en Francia?
Imagen de Francia: ¿cuál es la causa de la ola de suicidios?
Los trabajadores incluso preparan instalaciones con los diferentes aspectos a mejorar de sus condiciones de trabajo – AFP

Los asalariados franceses han conquistado derechos que varios países de Europa envidian. Una jornada laboral de 35 horas semanales, 1.335 euros de salario mínimo, horas extras remuneradas y un período de vacaciones pagas superior a las de cualquier miembro de la Unión Europea (UE).

Sin embargo, Francia tiene una de las tasas más altas de suicidio producido por stress laboral de Europa, lo que impulsó días atrás a que se creara “El llamado de los 44”, que se trata de un pedido hecho al gobierno por parte de psiquiatras, psicólogos, sociólogos y filósofos, para que cree el Observatorio del Suicidio y estudie de cerca este fenómeno y su prevención.

QUITARSE LA VIDA DURANTE EL TRABAJO

Lo más llamativo de los casos es que muchos empleados de grandes empresas se han suicidado mientras estaban trabajando, por eso las compañías no pueden eludir su responsabilidad, aunque intentan hacerlo cuando el trabajador comete el suicidio fuera del ámbito laboral.

El caso más famoso es el de la empresa telefónica France Telecom, en donde se suicidaron 60 empleados entre 2008 y 2010. Pero esta no es la única compañía. La Poste, el servicio estatal de correos, también tiene un alto número de trabajadores que se quitaron la vida, superando con 70 incluso a France Telecom.

Pero también en Renault y la empresa de energía GDF Suez han habido suicidios relacionados con el trabajo. Además, en el propio Ministerio de Trabajo hubo 11 tentativas de suicidio en 2010.

En 2009, los sindicatos presentaron una demanda contra la telefónica por acoso moral, dado que los trabajadores, que mantienen su anonimato, explican que esa es la primera causa del suicidio. Pero aun el expediente sigue paralizado en el juzgado.

La preocupación es tal, que el gobierno francés decidió a fines del año pasado actuar para reorganizar a France Telecom, cuyo 26% es estatal, cambiando a sus directores, implementando la eliminación de la movilidad forzosa, la puesta en marcha de una célula de mediación para ayudar a los trabajadores y el refuerzo de psicólogos y personal de recursos humanos.

Sin embargo, este año dos empleados se quitaron la vida en France Telecom y uno falló al apuñalarse durante una reunión laboral.

¿LA PRIVATIZACIÓN ES LA CAUSA?

Los suicidios en France Telecom comenzaron en el año 2000, pero se incrementaron con la llegada de la crisis económica en 2008. El proceso de privatización afectó gravemente a los trabajadores. Algo similar está sucediendo con La Poste, que está en vías de ser privatizada.

La compañía telefónica llegó a tener 100 mil empleados, y luego de la privatización, se redujeron 22 mil puestos de trabajo. Sin embargo, para evitar despedir a más trabajadores, a muchos empleados se les asignaron tareas vacías, es decir, que fueron confinados a oficinas sin ningún objetivo laboral, pero con la carga de una pesada desvalorización personal a los antiguos trabajadores estatales, para forzar su renuncia.

En La Poste se prevén más suicidios, dado que la empresa tiene como meta la supresión de 50 mil puestos de trabajo hasta 2015.

Pero las presiones que conllevan las privatizaciones son una causa más, pero no la única de los suicidios. En los trabajadores del Estado, los policías son los que sufren principalmente este mal.

¿QUÉ LLEVA A LOS EMPLEADOS A SUICIDARSE MASIVAMENTE?

Algunas de las denuncias de los impulsores del Observatorio del Suicidio están relacionadas con la falta de datos y estadísticas para tener las herramientas que permitan acabar con el problema.

Las duras metas que consisten en ampliar la productividad con menor cantidad de empleados, las presiones constantes de los jefes, que a su vez están a cargo de otros superiores y la alienación que produce en el trabajador ser parte de una corporación, en la cual el resultado de su trabajo no sólo no es percibido, sino que tampoco es estimulado ni recompensado, son algunas de las posibles causas.

Las jubilaciones anticipadas, la desvalorización, el clima laboral hostil, modificaciones abruptas de las tareas y la falta de estímulos, que permitan al empleado sentirse productivo, aparentemente son una combinación letal.

Aunque las altas tasas de suicidio no sólo están relacionadas con el ámbito laboral, dado que anualmente se suicidan 10 mil personas en Francia, mientras que 23 mil lo intentan y no lo consiguen.

Por eso, un estudio más exhaustivo podrá determinar cuáles son las causas de este fenómeno social y cómo combatirlo. Primero, se deberá revisar la política general de recursos humanos y luego atacar al origen del problema, que afecta también a los desocupados, los jóvenes, los ancianos y gran parte del sector de la salud, que reclama un mayor presupuesto para continuar funcionando normalmente. Fuente: observadorglobal.com

La cultura de Weimar, Peter Gay

«Fundar un país en la ciudad de Goethe no garantizaba un país a la imagen de Goethe ni tampoco su supervivencia».

Tratándose de topónimos alemanes, seguramente pocos nombres resultan tan evocadores como Weimar. La ciudad de Goethe, claro, pero también la de la fallida experiencia republicana nacida de la crisis alemana de 1918-1919. La República de Weimar es sinónimo de eclosión artística y cultural de primerísimo nivel pero también lo es de tremenda inestabilidad tanto política como económica y social. Weimar es, tristemente, el preludio de una de las mayores aberraciones de la historia, el régimen nazi. Uno de los textos fundamentales para comprender este crucial fenómeno histórico es el clásico de Peter Gay, La cultura de Weimar, reeditado este año por Editorial Paidós (iniciativa loable donde las haya en materia de publicaciones).

Peter Gay es un reconocido historiador cultural estadounidense de origen judeo-alemán, nacido en Berlín en 1923 como Peter Fröhlich. En castellano disponemos de una parte de su bibliografía, publicada por Paidós: obras como Modernidad, Freud, vida y legado de un precursor o Schnitzler y su tiempo. En el breve pero enjundioso ensayo que reseño, publicado originalmente en 1968, Gay realiza una valiosísima interpretación de los condicionantes culturales que afectaron a la precaria democracia weimariana, con el sonado contraste de la espléndida ebullición artística y la infortunada trayectoria política. Ebullición que, no sobra decirlo, se venía gestando desde mucho antes (al decir del autor, «la República completaba lo que había iniciado el Imperio») y que provocaba el disgusto de tradicionalistas y de radicales de derecha.

El período comprendido entre los años de 1918 y 1933 fue uno en que la modernidad política en forma de democracia parlamentaria irrumpió en el seno de una sociedad dominada por los referentes de la tradición y sus estructuras de poder, o lo que en un lenguaje actual calificaríamos como genuinos enclaves autoritarios. Los aires de novedad del paradigma republicano sentaban bien a las vanguardias artísticas, que transitaron de la marginalidad al centro mismo de la escena pública alemana. Artistas y escritores otrora postergados por el achacoso conservadurismo de la monarquía pasaron a desempeñar un papel principal en teatros, museos, galerías, orquestas, la industria cinematográfica, escuelas de arte y oficios, medios de prensa. Hubo una sensible excepción: las universidades, que fungieron como uno de los baluartes y viveros más importantes de la mentalidad reaccionaria. No fueron, los vanguardistas, los únicos que se beneficiaron de la atmósfera de cambios. Precisamente, el libro que reseño pivota sobre la idea (plasmada en el subtítulo de la edición en inglés, The Outsider as Insider) de que los marginales del Imperio alemán fueron en la República unos integrados, cabales protagonistas del nuevo orden nacional: fue el caso de demócratas, socialistas, judíos, artistas de vanguardia y otros. Tras el ascenso de los nazis al poder, muchos de ellos acabarían incorporándose a una oleada de exiliados colmada de nombres prestigiosos.

Todo parecía confabularse para socavar las bases del experimento republicano, desde el odio visceral que desde sus inicios le profesaron reaccionarios y revolucionarios de izquierda hasta los múltiples errores cometidos por los demócratas, sin olvidar las sucesivas crisis económicas y el sentimiento de agravio que en muchos alemanes arraigó a raíz de Versalles. La democracia germana había nacido en medio de profundas convulsiones y enferma de mitos, a cual de todos peor: el de la «puñalada en la espalda», el del ejército invicto en el frente (occidental), el de «los criminales de noviembre», el de Weimar como una «república judía», el de las consecuencias de la paz de Versalles (graves sin duda pero no tanto como para justificar la supresión de un régimen democrático). Gay enfatiza que la tragedia de la República de Weimar fue su incapacidad de concitar la lealtad incondicional de todos debido al trauma de su nacimiento; factores como la derrota militar, el derrumbe de la monarquía, la abortada revolución y la violencia política instalada en las calles minaron las escasas expectativas de legitimidad y sustentabilidad republicana. No menos traumática resultaba la novedad misma del orden constitucional estrenado en 1919. Por de pronto, los políticos republicanos tenían más experiencia en el arte de la oposición que en el del gobierno. El acervo autoritario y la tradicional aversión de los alemanes hacia la política concurrían a la suma de antecedentes negativos; como afirma el autor, «cuando la constitución democrática de Weimar abrió la puerta a la auténtica política, los alemanes se quedaron boquiabiertos ante ella, como campesinos invitados a palacio, sin saber cómo comportarse».

Como se sabe, el ámbito académico y parte importante de la intelectualidad contribuyeron a la escasa receptividad social de la democracia, con su generalizado repudio de la Modernidad y su insidiosa confrontación entre Kultur y Zivilisation: una dicotomía que constituía la esencia del pensamiento nacionalista y reaccionario alemán. Sólo el estamento culto de Alemania podía argüir que la apatía política constituía una evidencia de la elevada espiritualidad de la Kultur germánica, y que la democracia casaba más bien con el materialismo de Occidente y su decadente Zivilisation (de todos modos, la idea de que el régimen de Weimar era una anomalía histórica y una incrustación foránea, ajena a la germanidad, no era patrimonio exclusivo de las élites alemanas). En este contexto, Peter Gay formula una sentida diatriba del papel de los historiadores alemanes. Si durante el Imperio los historiadores habían hecho gala de una medrosa pasividad frente a la realidad, acomodándose servilmente a los dictados del poder, en los años veinte se regodearon en una mentalidad constructora de mitos que profesaba añoranza de las supuestas glorias del pasado alemán y vaticinaba las del futuro próximo. En palabras del autor, «el conjunto de la profesión de historiador trapicheó con la nostalgia, el culto a los héroes y la aceptación acrítica —si no abierta defensa— de distorsiones apologéticas y burdas mentiras, como la famosa leyenda de la puñalada por la espalda». Claudicando de la rigurosa búsqueda de la verdad, «patriotas, antidemócratas y hacedores de mitos continuaron su labor», fomentando el militarismo y atribuyendo crímenes imaginarios a la República.

El rechazo de la Modernidad, pues, era verdadera escuela en Alemania. A la acusación de que la era moderna produce una disgregación de lo social y la atomización de los individuos seguía lógicamente un hambre de integridad: tema central en la interpretación de Peter Gay. Si la moderna Zivilisation era responsable de generar la disolución de toda cultura orgánica y trascendente, eran los alemanes, imbuidos de espiritualidad y pueblo de héroes —en contraste con los decadentes occidentales, materialistas, sensuales, pueblos de comerciantes y adoradores de la máquina— quienes estaban destinados a prevalecer gracias a la superioridad de su Kultur. La lucha contra la dispersión social, el anhelo de raíces, solía conducir en la práctica a «un deseo apremiante de acción directa o de sumisión a un líder carismático». Pocos estaban dispuestos a atender a alguien como Ernst Troeltsch, el historiador que en 1922 advertía sobre la peculiar tendencia alemana a una «mezcla de misticismo y brutalidad». En cambio, lo que prosperó fue «el noviazgo con la irracionalidad y la muerte que se apoderó de tantos alemanes en aquellos años»; una mentalidad a la que hombres como Oswald Spengler, Ersnt Jünger y Martin Heidegger confirieron dudosa respetabilidad intelectual.

Trauma del nacimiento, hambre de integridad. Gay toma prestados de la psicología una terminología con la que intenta reflejar el pathos de la época, práctica que lleva a su culminación en los capítulos finales del libro, en los que aborda lo que denomina la rebelión del hijo y la venganza del padre. No es casual que el tema de la rebelión filial fuese una constante en la literatura alemana de entonces, puesto que lo que se verificaba en la sociedad entera era una lucha entre corrientes contrapuestas casi al modo de una lucha generacional. El propio autor se explica inmejorablemente, en la introducción a la nueva edición de 2001:

«Hablar de la rebelión de los hijos y de la venganza de los padres equivale a reafirmar la intención del subtítulo del libro: los marginales eran, en su mayoría, personas a las que impulsaba un deseo juvenil de acabar con ideas e instituciones trasnochadas. Los padres que se vengaron de su prole rebelde eran ideólogos que lloraban las tradiciones perdidas y el Imperio. Mi intención era señalar que los compromisos emocionales con lo nuevo y lo viejo, racionales o fanáticos, no fueron una simple máscara de intereses económicos, sino fruto de ideales y pesares profundamente sentidos. Es sintomático de este enfrentamiento psicológico que el ultimo presidente de la República de Weimar fuese un viejo general de la Primera Guerra Mundial».

En definitiva, Gay indaga en las luces y sombras de un período de extraordinaria riqueza cultural, la que no cabe concebir como un brote espontáneo sino como consumación de tendencias surgidas ya en el Imperio, las que asimilaban importantes influencias extranjeras. En paralelo a esto, el drama de una experiencia democrática que padeció de insuficiencia de valedores y exceso de sepultureros. El libro cuenta con un apéndice en que el autor expone una breve historia política de la República de Weimar.

Obra imprescindible en la materia.
- Peter Gay, La cultura de Weimar. Paidós, Madrid, 2011. 221 pp.

Fuente: hislibris

lunes, 28 de noviembre de 2011

“Trabajo Forzado: Los Alemanes, los trabajadores forzados y la guerra”


“Trabajo Forzado: Los Alemanes, los trabajadores forzados y la guerra” es el título de una exposición que documenta por primera vez la suerte que corrieron las personas en los campos de trabajo nazis.

La exhibición, que fue inaugurada el lunes 27 de setiembre de 2010 en el Museo Judío de Berlín y estará abierta al público hasta el 30 de enero del 2011, toma 60 casos diferentes para ilustrar el destino de los millones de víctimas de los trabajos forzados a que fueron sometidas por los nazis.

Uno de esos casos es el de Wladystawa Ossowska, una polaca nacida en 1918 y que fue obligada a trabajar en los campos de Brandeburgo y Prusia Oriental. Ella escribió que “trabajábamos desde el amanecer hasta entrada la tarde, desde el comienzo de la primavera hasta finales de año”.

De acuerdo con su testimonio, entre las tareas más peligrosas figuró la construcción de la “Durchgangstrasse IV”, una ruta de suministro del Ejército alemán de 2.100 kilómetros, que unía a Alemania con el frente en el Este de Europa. Según recordó, a Friedrich Katzmann, jerarca de las SS y la policía en la Polonia ocupada, le era “completamente indiferente” si miles o decenas de miles de judíos perdían la vida en cada kilómetro de la obra.
Work ennobles

Work ennobles

Cilly Kugelmann, directora del Museo, calificó de “especialmente trágica” la valoración errónea de muchos judíos que se presentaron de forma voluntaria para trabajar, creyendo que salir de los guetos les evitaría ser deportados a los campos de concentración.

Silencio cómplice

El tema de los campos de trabajos forzados fue silenciado a nivel oficial durante décadas, pero el tabú se rompió a principios de los años 90, cuando el Estado alemán y empresas germanas fueron demandados por antiguos trabajadores forzados del nazismo.

Más de trece millones de judíos, gitanos y prisioneros de guerra fueron explotados como esclavos en la Alemania de Adolf Hitler y otros siete millones más allá de las fronteras del “Reich”. De 1933 a 1945 murieron por lo menos 2,7 millones de personas por los efectos del trabajo de esclavos.


Volkhard Knigge, director del memorial de los antiguos campos de concentración de Buchenwald y Mittelbau-Dora, expresó que “ningún alemán, ya fuera el soldado invasor en Polonia o la campesina de Turingia, desconocía la existencia de trabajadores forzados”. Incluso añadió que en aquel entonces, a pocas personas les molestó que hubiera prisioneros trabajando en las calles o en las cosechas. En las postrimerías de la guerra, uno de cada cuatro trabajadores en la Alemania nazi era prisionero de guerra o “trabajador extranjero”, como eran llamados los civiles foráneos.

Compensaciones

Fue en la conferencia de Wannsee, Berlín, en enero de 1942, en la que altos jerarcas del régimen nazi decidieron llevar a cabo el exterminio de los judíos. Allí se determinó que serían deportados y utilizados en la construcción de rutas. Según los cálculos de los nazis, una gran parte de ellos “se reduciría así de forma natural”.

Tras la guerra, los trabajadores forzados sobrevivientes quedaron fuera de los acuerdos de compensación. La presión sobre el tema alcanzó su cénit en los años 90, cuando abogados estadounidenses presentaron las demandas colectivas que finalmente condujeron al Estado alemán a crear un fondo conjunto con un gran número de empresas que se beneficiaron del trabajo forzado.

Cerca de 1,7 millones de ex trabajadores-esclavos de más de un centenar de países recibieron un total de 4.400 millones de euros en indemnizaciones, pero para la mayoría de los que sobrevivieron la guerra, los pagos llegaron demasiado tarde.

Fuente: DW-World. De Editora: Emilia Rojas. Vía: La maja descalza

Manifiesto contra el trabajo, Grupo Krisis

Después de siglos de adiestramiento, el hombre moderno ya no se puede imaginar, sin más, una vida más allá del trabajo. En tanto que principio imperial, el trabajo domina no sólo la esfera de la economía en sentido estricto, sino que también impregna toda la existencia social hasta los poros de la cotidianidad y la vida privada. El «tiempo libre», ya en su sentido literal un concepto carcelario, hace mucho que sirve para la «puesta a punto» de mercancías a fin de velar por el recambio necesario.

Pero incluso más allá del deber interiorizado del consumo de mercancías como fin absoluto, las sombras del trabajo se alzan también fuera de la oficina y la fábrica sobre el individuo moderno. Tan pronto como se levanta del sillón ante la televisión y se vuelve activo, todo hacer se transforma inmediatamente en un hacer análogo al trabajo. Los que hacen footing sustituyen el reloj de control por el cronómetro, en los relucientes gimnasios la calandria experimenta su renacimiento postmoderno, y los veraneantes se chupan un montón de kilómetros en sus coches como si tuviesen que alcanzar el kilometraje anual de un conductor de camiones de largas distancias. Incluso echar un polvo se ajusta a las normativas DIN de la sexología y a criterios de competencia de las fanfarronadas de las tertulias televisivas.

Si el rey Midas vivió como una maldición que todo lo que tocaba se convirtiese en oro, su compañero de fatigas moderno acaba de sobrepasar ya esa etapa. El hombre del trabajo ya no se da cuenta ni de que al asimilar todo al patrón trabajo, todo hacer pierde su calidad sensual particular y se vuelve indiferente. Al contrario: sólo por medio de esta asimilación a la indiferencia del mundo de las mercancías le puede proporcionar sentido, justificación y significado social a una actividad. Con un sentimiento como el de la pena, por ejemplo, el sujeto del trabajo no es capaz de hacer nada; la transformación de la pena en «trabajo de la pena» hace, no obstante, de ese cuerpo emocional extraño una dimensión conocida sobre la que uno puede intercambiar impresiones con sus semejantes. Hasta el sueño se convierte en el «trabajo onírico», la discusión con alguien amado, en «trabajo de pareja», y el trato con niños, en «trabajo educativo». Siempre que el hombre moderno quiere insistir en la seriedad de su quehacer ya tiene presta la palabra «trabajo» en los labios.

El imperialismo del trabajo, en consecuencia, también se deja sentir en el uso común del lenguaje. No sólo estamos acostumbrados a usar inflacionariamente la palabra «trabajo», sino también a dos ámbitos de significado muy diferentes. Hace tiempo que «trabajo» ya no se refiere solamente (como correspondería) a la forma de actividad capitalista del molino-fin absoluto, sino que este concepto se ha convertido en sinónimo de todo esfuerzo dirigido a un fin y ha borrado así sus huellas.

Esta imprecisión conceptual prepara el terreno para una crítica de la sociedad del trabajo tan poco clara como habitual, que opera exactamente al revés, o sea, a partir de una interpretación positiva del imperialismo del trabajo. A la sociedad del trabajo se le reprocha, justamente, que aún no domine la vida lo suficiente con su forma de actividad porque, al parecer, hace un uso «demasiado estrecho» del concepto de trabajo, al excomulgar moralistamente del mismo el «trabajo propio» o la «autoayuda no remunerada» (trabajo doméstico, ayuda comunitaria, etc.), y considerar trabajo «verdadero» sólo el trabajo retribuido según criterios de mercado. Una valoración nueva y una ampliación del concepto de trabajo debería acabar con esta fijación unilateral y con las jerarquizaciones que se siguen de ésta.

Este planteamiento, por lo tanto, no se propone la emancipación de las imposiciones dominantes, sino exclusivamente una reparación semántica. La enorme crisis de la sociedad del trabajo se ha de superar, consiguiendo que la conciencia social eleve «verdaderamente» a la aristocracia del trabajo, junto con la esfera de producción capitalista, a las formas de actividad hasta ahora inferiores. Pero la inferioridad de tales actividades no es meramente el resultado de un determinado punto de vista ideológico, sino que es consustancial a la estructura fundamental del sistema de producción de mercancías y no se supera con simpáticas redefiniciones morales.

En una sociedad dominada por la producción de mercancías como fin absoluto, sólo se puede considerar riqueza verdadera lo que se puede representar en forma monetarizada. El concepto de trabajo así determinado se refleja imperialmente en todas las demás esferas, pero sólo negativamente, al hacerlas distinguibles en tanto que dependientes de él. Las esferas ajenas a la producción de mercancías se quedan, por lo tanto, necesariamente en la sombra de la esfera capitalista de producción, porque no entran en la lógica abstracta de ahorro de tiempo propia de la economía de empresa; a pesar de que y justamente porque son tan necesarias para la vida como el campo de actividades separado, definido como «femenino», de la economía privada, de la dedicación personal, etc.

Una ampliación moral del concepto de trabajo, en vez de su crítica radical, no sólo encubre el imperialismo social real de la economía de producción de mercancías, sino que además se encuadra excelentemente en las estrategias autoritarias de administración estatal de la crisis. La exigencia, elevada desde los años setenta, de «reconocer» socialmente como trabajo plenamente válido también las «tareas domésticas» y las actividades en el «sector terciario», especulaba en un principio con aportaciones estatales en forma de transferencias financieras. No obstante, el Estado en crisis le da la vuelta a la tortilla y moviliza el ímpetu moral de esta exigencia, en el sentido del temido «principio de subsidiaridad», en contra de sus esperanzas materiales.

El canto de loa del «voluntariado» y del «trabajo comunitario» no trata del permiso para hurgar en las arcas estatales, de por sí bastante vacías, sino que se usa como coartada para la retirada social del Estado, para los programas en curso de trabajo forzoso y para el mezquino intento de hacer recaer el peso de la crisis sobre las mujeres. Las instituciones sociales oficiales abandonan sus obligaciones sociales con el llamamiento, tan amistoso como gratuito, dirigido a «todos nosotros» para combatir, en el futuro, la miseria propia y ajena con la iniciativa privada propia y para no volver a hacer reclamaciones materiales. De este modo, una acrobacia de definiciones con el concepto de trabajo aún santificado, mal entendida como programa de emancipación, abre todas las puertas al intento del Estado de llevar a cabo la abolición del trabajo asalariado como supresión del salario, manteniendo el trabajo, en la tierra quemada de la economía de mercado. Así se demuestra involuntariamente que la emancipación social hoy en día no puede tener como contenido la revalorización del trabajo, sino sólo su desvalorización consciente. Lee el Manifiesto completo

Paralelismos económicos, 1931-2011

(...) Un país se enfrenta a un abismo económico: el gobierno se encuentra al borde de la bancarrota y pone en práctica feroces medidas políticas de austeridad; los empleados sufren grandes recortes salariales y los impuestos aumentan de forma drástica; la economía se desploma y se disparan las tasas de desempleo; la gente se pelea en la calle mientras se derrumban los bancos y el capital internacional huye del país. ¿Grecia en 2011? No, Alemania en 1931.

El jefe del gobierno no se llama Lucas Papadimos sino Heinrich Brüning. El “canciller del hambre” recorta por decreto el gasto público, ignorando al Parlamento, mientras el PIB cae sin fondo. Dos años más tarde Hitler llegará al poder, ocho años después comenzará la II Guerra Mundial. La situación política actual todavía es distinta, pero los paralelismos económicos son terroríficos. (...) Continúa leyendo en Sociología Crítica

Trabajar sin cobrar en el Reino Unido

El Reino Unido fuerza a jóvenes parados a trabajar sin cobrar para no perder el subsidio

Los desempleados trabajan hasta dos meses en importantes cadenas de supermercados sin recibir un salario

Jueves, 17 de noviembre del 2011

EL PERIÓDICO / Barcelona

El Departamento de Empleo del Reino Unido está forzando a jóvenes parados a trabajar sin cobrar para no perder el subsidio, según informa el diario británico The Guardian. Los afectados trabajan hasta dos meses en importantes cadenas de supermercados como Tesco, Poundland y Sainsbury's sin recibir sueldo alguno y sin garantías de que, tras este periodo, serán contratados.

El programa de aprendizaje laboral del Gobierno conservador de David Cameron establece que los jóvenes parados pueden trabajar hasta ocho semanas sin que su empleador esté obligado a pagarles el salario mínimo.

El Departamento de Empleo y Pensiones ha explicado que los parados que "expresan interés" por una oferta del programa de aprendizaje laboral deben seguir trabajando sin sueldo tras un periodo de prueba de una semana. En caso contrario, se quedan sin subsidio.

Semana laboral de hasta 30 horas

Los jóvenes con que ha hablado The Guardian explican que hacen jornadas de hasta 30 horas semanales, realizan las mismas tareas que los trabajadores asalariados y han de estar disponibles desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche.

Además, tres afectados aseguran que no se les informó de que había un periodo de prueba de una semana y que, una vez se mostraron dispuestos a entrar a trabajar como aprendices, en su oficina de empleo se les dijo que perderían el subsidio de 53 libras (62 euros) semanales si dejaban el puesto.

El pasado enero, el Gobierno del Reino Unido anunció que su programa de aprendizaje laboral tendría carácter voluntario. Sin embargo, el Departamento de Empleo matizó después que una vez el parado expresa su interés --incluso de forma verbal-- por participar en él, se quedará sin la ayuda pública si lo abandona.
Reponer y limpiar estanterías en Tesco

James Rayburn, uno de los jóvenes que se ha visto obligado a trabajar dos meses sin cobrar, declaró a The Guardian que se dedica a reponer y limpiar estanterías en un supermercado de la cadena Tesco, igual que los empleados con salario, y que a veces ha de hacer el turno de noche. "Nadie me informó de que tenía una semana para rechazar el puesto, y ahora me dicen que me quedaré sin subsidio si lo abandono", explica Rayburn, de 21 años. La cadena Tesco tuvo unos beneficios antes de impuestos de 4.100 millones de euros el año pasado.

Algunos de los supermercados que participan en el programa han confirmado al diario británico que tienen trabajando a numerosos jóvenes sin sueldo, pero han subrayado que creían que se trataba de algo totalmente voluntario.

Un grupo de abogados del Reino Unido están preparando una acción legal contra esta práctica, al considerar que supone una forma de esclavitud que vulnera los derechos humanos.

Monumento en Aushwitz: bajo el signo del abuso

(...) Entendemos que son pocas las personas a las que el nombre de Auschwitz les sonará a nuevo. En este campo fueron matriculados alrededor de cuatrocientos mil prisioneros, de los que apenas unos pocos miles sobrevivieron; casi cuatro millones de otros inocentes fueron engulidos por las fábricas de exterminio que los nazis construyeron en Birkenau, a dos kilómetros de Auschwitz. No se trataba de enemigos políticos; en su práctica totalidad eran familias completas de judíos, con niños, ancianos y mujeres, trasladados desde los guetos o directamente desde sus casas, a menudo avisados con pocas horas de antelación, con la orden de llevar consigo, en seguida, "todo lo necesario para un largo viaje", y con el consejo oficioso de no olbidarse del oro, el dinero y los objetos de valor de que dispusieran. Todo lo que llevaban se les quitaba cuando el convoy entraba en el campo. De cada transporte, una décima parte, de media, era derivada a los campos de trabajos forzados; nueve décimas partes (entre las que se comprendían todos los niños, ancianos y la mayor parte de las mujeres) eran inmediatamente suprimidos con un gas tóxico originalmente destinado a desratizar bodegas. Sus cuerpos se qumaban en instalaciones colosales construidas para este propósito por la honorable Tropf e Hijos de Erfurt, a la que habían encargado unos hornos preparados para inicnerar a veinticuatro mil personas al día. Tras la liberación, se encontraron en Auschwitz siete toneladas de pelo de mujer.

Éstos son los hechos; funestos, inmundos y sustancialmente incomprensibles. ¿Por qué, cómo llagarona producirse? ¿Se repetirán?

No creo que a estas preguntas se pueda dar una respuesta concluyente, ni hoy ni mañana, y quizás esté bien que sea así. Si estas preguntas tuviesen respuesta, ello significaría que los acontecimientos de Auschwitz se integrarían en el tejido de las obras humanas; significaría que habían tenido un móvil y, por tanto, un principio de justificación. En cierta medida, podemos ponernos en el pellejo del ladrón, del asesino; en cambio, no podemos ponernos en el lugar del demente. Resulta asimismo imposible recorrer el camino de los grandes responsables: sus acciones, sus palabras, a nuestros ojos, siguen estando envueltas en tinieblas, no podemos reconstruir su devenir, no podemos decir "desde su punto de vista...". Es propio del hombre actuar con vistas a un fin: la masacre de Auschwitz, que ha destruido una tradición y una civilización, no le ha aprovechado a nadie.

Bajo este aspecto (¡y solo basjo éste!), resulta altamente instructiva la lectura del diario de Höss, ex comandante de Auschwitz. El libro, cuya edición italiana se halla en prepración, es un documento sobrecogedor: el autor no es un sádico sanguinario ni un fanático lleno de odio, sino un hombre vacío, un idiota tranquilo y diligente que se esfuerza en desarrollar con el máximo cuidado las iniciativas bestiales que se le encargan, y en esta obediencia parece encontrar la satisfacción plena a todas sus dudas e inquietudes.

Me parece que solo de esta forma, es decir, como locura de unos pocos, y necio y vil consenso de mucho, pueden interpretarse los acontecimientos de Auschwitz. La verdad es que, aun haciendo abstracción de cualquier juicio moral, y limitándonos al acmpo de la "política realista", se debe constatar que tentativas como las de Hitler, llevadas a cabo en Auschwitz y meticulosamente proyectadas para toda la Nueva Europa, fueron errores colosales. Existe por doquier, en todos los países, una capacidad para indignación, una concordia de juicio ante semejantes atrocidades, que el nazismo no tuvo en cuenta y a la que, en definitiva, se debe el estado de cuarentena en el que todavía se halla sometido el pueblo alemán. Por esta razón, no debería amenazarnos una restauración concentracionaria.

Pero es imprudente edificar previsiones sobre la razón. Observaba Arturo Carlo jemolo no hace mucho, en estas mismas columnas, la inutilidad de atribuir planes de largo alcance y un cacumen diabólico a los adversarios que uno tiene: es como decir que la estupidez, la sinrazón, son fuerzas que operan históricamente; la experiencia, por desgracia, así lo ha demostrado y no para de hacerlo. Puede nacer u segundo Hitler, quizás ya haya nacido; hay que tenerlo en cuenta. De ahí que Auschwitz pueda repetirse. Todas las técnicas, una vez que se han descubierto, conran vida propia, en estado de potencia, a la espera de la ocasión que las convierta en acto. En quince años, las técnicas de la destrucción y la propaganda han progresado: destruir un millón de vidas humanas pulsando un botón rsulta más fácil hoy que ayer; pervertir la memoria, la conciencia y el jucio de doscientos millones de personas es más fácil de año en año.

Hay más. la masacre nazi lleva consigo el signo de la locura, pero también otro signo. Es el signo de lo inhumano, de la solidaridad humana negada, prohibida, quebrantada; del aprovechamiento esclavista, deslizado de contrabando bajo el emblema del orden. Es el signo del abuso, el signo del fascismo. Es la relación de un sueño demencial, en el que uno manda, nadie piensa ya, todos caminan en fila, todos obedecen hasta la muerte, todos dicen siempre sí. (...)

Tomado de "Un monumento en Auschwitz", Primo Levi, Vivir para contar. Escribir tras Auschwitz, Literatura Prohibida, 2011

... Acerca de los campos

Índice de preguntas frecuentes
  1. ¿Cómo puedo obtener una lista de los campos de concentración nazis?
  2. ¿Qué medidas tenían los vagones de los trenes utilizados para transportar personas hacia los campos nazis?
  3. ¿Qué significaba cada uno de los distintivos de identificación?
1. ¿Cómo puedo obtener una lista de los campos de concentración nazis?

Al haberse establecido literalmente miles de campos y subcampos durante el régimen nazi, sería imposible proporcionar una lista completa aquí. Los siguientes son los campos principales y sus ubicaciones, junto con un mapa que muestra estos campos y algunos más:

Arbeitsdorf, Alemania
Auschwitz/Birkenau, Polonia
Belzec, Polonia
Bergen-Belsen, Alemania
Buchenwald, Alemania
Chelmno, Polonia
Dachau, Alemania
Dora-Mittelbau, Alemania
Flossenbürg, Alemania
Gross-Rosen, Polonia
Kaiserwald (Riga), Letonia
Klooga, Estonia
Majdanek, Polonia
Mauthausen, Austria
Natzweiler-Struthof, Francia
Neuengamme, Alemania
Plaszow, Polonia
Ravensbrück, Alemania
Sachsenhausen, Alemania
Sobibor, Polonia
Stutthof, Polonia
Theresienstadt, República Checa
Treblinka, Polonia
Vaivara, Letonia
Vught, Países Bajos
Westerbork, Países Bajos

Los principales campos nazis de Europa, enero de 1944.
Los principales campos nazis de Europa, enero de 1944. — USHMM

Para conocer más detalles sobre el sistema de campos de concentración nazis, consulte el artículo "Los campos nazis" de la Enciclopedia del Holocausto y la lista de enlaces en la Internet de la Biblioteca del Museo (Web links) con recursos referentes a cada campo en particular.

2. ¿Qué medidas tenían los vagones de los trenes utilizados para transportar personas hacia los campos nazis?

Había diferentes tipos de vagones de tren utilizados para las deportaciones, y tenían distintos tamaños y peso. El vagón de tren en la Exposición Permanente del Museo sólo es un tipo de vagón utilizado.

Para brindar una idea de cómo variaba el tamaño de los vagones, presentamos las medidas del vagón de exposición y las medidas del vagón de carga promedio que se utilizaba generalmente para las deportaciones en Hungría.

Medidas del vagón de tren de exposición (Railway Car on Display)

  • 9.60 m de longitud
  • 4.27 m de altura desde la parte inferior de la rueda hasta el punto más alto del vagón
  • 4 m de ancho (incluye el techo)
  • aproximadamente 3.50 m de ancho, en el interior del vagón

Medidas del vagón de tren húngaro

  • 8 m de longitud
  • 2 m de ancho

Nota para los maestros: El Museo proporciona las medidas del vagón de tren por su importancia como pieza histórica. Sin embargo, debe consultar las guías para los maestros propuestas por el Museo para obtener información sobre los riesgos de simular (sobre la base de determinadas medidas) la experiencia de la deportación durante el Holocausto. Para ver cuáles son los riesgos de las simulaciones y del uso de la técnica de “role-play” en clase en relación con el Holocausto, consulte la Guía 12 (Guideline 12) del Taller en Internet para maestros o el recurso para imprimir Pautas para la enseñanza del Holocausto.

Fuente para las medidas del vagón húngaro: Randolph L. Braham, The Politics of Genocide: The Holocaust in Hungary, Volumen 1 (Nueva York: The Rosenthal Institute for Holocaust Studies, 1994), p. 686.

3. ¿Qué significaba cada uno de los distintivos de identificación?

Los nazis usaban distintivos o parches triangulares para identificar a los prisioneros en los campos de concentración. Los distintos parches de colores representaban a grupos diferentes. Los significados de los colores eran:

Amarillo judío Tabla de marcas de identificación de los prisioneros
Tabla de marcas de identificación de los prisioneros.
KZ Gedenkstaette Dachau

Marrón gitano
Violeta testigo de Jehová
Rosa homosexual
Verde delincuente habitual
Rojo prisionero político
Negro asocial
Azul emigrante

La categoría "asocial" era, quizás, la más variada, e incluía a las prostitutas, los vagabundos, los asesinos, los ladrones, las lesbianas y aquellos que violaban las leyes que prohibían las relaciones sexuales entre arios y judíos. Si bien el triángulo marrón era utilizado en ciertas circunstancias para los gitanos, estos eran obligados con más frecuencia a utilizar el triángulo negro que los incluía en la categoría de "asóciales".

Algunos parches tenían letras en los triángulos para distinguir aún más los diversos grupos de los campos. Por lo general, la letra indicaba la nacionalidad; por ejemplo, “F” de franzosisch (francés), "P" de polnisch (polaco), "T" de tschechisch (checo), etc., pero también podía indicar una subcategoría especial de prisionero. Por ejemplo, la letra "A" blanca sobre un triángulo negro significaba que se trataba de un prisionero en trabajo disciplinario (Arbeitserziehungshaftling), en tanto una "S" negra sobre un triángulo verde identificaba a un strafthaft, o prisionero por delito penal. Además, el triángulo negro con la palabra Blod identificaba a los prisioneros con retraso mental y el símbolo de un blanco rojo y blanco diferenciaba a los que habían intentado escapar.

En el caso de los transgresores judíos, se combinaban dos triángulos de colores diferentes para formar una estrella de seis puntas; un triángulo amarillo para indicar que se trataba de un judío y el otro triángulo de un color distinto para indicar la otra trasgresión. Por ejemplo, los delincuentes judíos llevaban un triángulo amarillo con uno verde superpuesto; los homosexuales judíos llevaban triángulos rosas sobre el amarillo.

Fuera de los campos, las fuerzas de ocupación de los nazis exigían a los judíos que llevaran parches o brazaletes marcados con la estrella de David, pero las características específicas del distintivo (tamaño, forma y color) variaban según la región. Por ejemplo, algunas estrellas amarillas tenían una gran "J" en el centro, pero en otros lugares los parches tenían bordados la palabra "Jude" (o "Jood", "Juif", etc.) en el medio. Los que no llevaban la estrella podían ser arrestados y deportados, lo que amedrentaba a la mayoría de los judíos y los obligaba a cumplir con esto aunque el parche los hiciera objeto de restricciones, acoso y aislamiento.

Fuente: Abraham J. Edelheit, and Hershel Edelheit, History of the Holocaust: A Handbook and Dictionary (Boulder, CO: Westview Press, 1994), pp. 218, 239, 266, 448.

Para obtener más información sobre la historia de la obligación impuesta a los judíos de llevar una marca o signo distintivo, que incluye el período nazi, consulte el artículo "Badge, Jewish" (Distintivo judío) en la Encyclopaedia Judaica, Volumen 4 (Jerusalén: Macmillan, 1972), pp. 62-73.

Fuente United States Holocaust Memorial Museum

domingo, 27 de noviembre de 2011

"Nada me fascinaría más que hacer con Hitler lo que hice con Stangl o Speer." Entrevista a Gitta Sereny

A los 11 años, Gitta Sereny (Viena, 1923) asistió a un mitin de Hitler; lo encontró fascinante. Después entendió la diabólica voluntad que anidaba en aquella carismática figura. Durante la II Guerra Mundial cuidó niños en Francia –la infancia maltratada y el III Reich son sus grandes obsesiones: dos caras del mismo problema del mal, considera–, ayudó a esconder aviadores aliados y escapó por los pelos de la Gestapo. Tras la contienda, trabajó como oficial de una organización de las Naciones Unidas consagrada a la problemática de los niños refugiados –entre ellos, los liberados de Dachau– y asistió a varias sesiones del Juicio de Núremberg. La historiadora y periodista austriaca de origen húngaro, una gran voz moral de nuestro tiempo, ha tenido el peligroso privilegio de asomarse a la cenagosa conciencia de algunos de los personajes emblemáticos del régimen nazi. Entrevistó en la cárcel durante largas y terribles sesiones a Franz Stangl, capitán de las SS y comandante del campo de exterminio de Treblinka, donde fueron asesinadas alrededor de un millón de personas, y trabó una relación de 12 años con Albert Speer, el arquitecto, ministro de armamento y favorito de Hitler, para arrancarle en última instancia la verdad sobre su conocimiento del exterminio de los judíos. Sólo por esas inmersiones en las oscuras almas de Stangl y Speer –que originaron dos libros absolutamente indispensables, Into that darkness, an examination of conscience (1974) y la monumental biografía Albert Speer, su lucha con la verdad (Javier Vergara Editor, 1996), Sereny ya merece pasar a la historia de las mentalidades del siglo XX. Pero eso no es todo; en sus investigaciones –que incluyen un estudio estremecedor de la niña asesina Mary Bell, a la que dedicó la polémica Cries unheard (1998)–, Sereny ha entrevistado y conocido bien a millares de personajes relacionados con el fenómeno del nazismo –desde supervivientes de los campos hasta verdugos de las SS–; entre ellos Leni Riefensthal, Kurt Waldheim o Simon Wiesenthal; ha ganado un pulso al revisionista David Irving y ha contribuido a esclarecer la falsedad de los supuestos diarios de Hitler. De todo ello habla en su reciente libro El trauma alemán (Península), una apasionante mezcla caleidoscópica de autobiografía, reflexión, entrevistas y testimonios de alemanes involucrados de alguna manera en el nazismo y sus consecuencias.

“Stangl vio un vagón con ganado, observó las miradas de las reses y tuvo la misma sensación que en Treblinka”

“No sabemos la razón del odio de Hitler a los judíos. Si hubo algo concreto, no lo hemos encontrado. No se confió a nadie”

La entrevista con Sereny es en su piso londinense en Kensington –donde vive con su marido, el fotógrafo Don Honeyman– un precioso día de otoño. Gitta Sereny, vestida de negro y con un collar por todo adorno, recibe con una gran cordialidad. (...)

Ayer visité la exposición sobre el Holocausto en el Imperial War Museum a la luz de sus libros. Era como estar ‘am abgrund’, en el abismo, como dice usted. Aparte de la mesa de disección del psiquiátrico de Múnich donde se cometieron crímenes del programa de eutanasia nazi (T-4), una acción que usted considera que jugó un papel preparatorio esencial para la Solución Final –el exterminio de los judíos–, encontré un par de fotos de Stangl. Una estaba al final del recorrido. La habían colgado frente a un vídeo que repetía una y otra vez imágenes de las pilas de cadáveres de los campos, como si se hubiera condenado a Stangl a penar contemplándolas eternamente…

Mire, en realidad no creo que le hubiera importado, ¿sabe? No creo que le afectara. Era duro de corazón. Él estaba convencido de lo que hacía. Su trabajo en Treblinka le hacía feliz. Fue nombrado “mejor comandante de campo en Polonia” y se sentía orgulloso de ello. Y vio cosas peores al natural que todo lo que se pueda enseñar en el museo. La descripción que me hizo durante nuestras conversaciones en 1971 de Treblinka y de Sobibor: el olor, los miles de cuerpos pudriéndose, las parrillas donde se los hacía arder… En Sobibor, los pozos construidos para arrojar los cadáveres, me explicó, se habían desbordado; habían echado tantos que los líquidos de la putrefacción los impulsaban hacia arriba y rodaban fuera. Sinceramente, no, no creo que le molestara ver un vídeo.

¿Llegó Stangl a mostrar ante usted arrepentimiento o alguna señal de culpa?

De alguna manera, se sintió culpable al darse cuenta de que otras personas lo consideraban así. Pero creo que él mismo, interiormente, no cambió. Otros nazis con los que hablé sí lo hicieron, cambiaron realmente bajo la influencia del descubrimiento de lo que los demás, la humanidad, pensaba de ellos. Entendieron la maldad de lo que habían hecho. Hay un significativo episodio de Stangl cuando estaba en Brasil –Stangl escapó tras la guerra vía Roma, gracias no a la legendaria Odessa, como decía Wiesenthal, sino al obispo Aloïs Hudal, rector de Santa Maria del Anima; primero, a Siria, y luego, a Suramérica–. Conducía junto a una de sus hijas y el tráfico se atascó a causa de un coche que se había detenido. Stangl, al pasar ante el vehículo exclamó furioso: “¡Se olvidaron de ti en Treblinka!”. Imagínese. Y su hija pensó entonces: “Oh, Dios mío, es exactamente el mismo”. La corrupción moral es algo realmente muy extraño. No hay vuelta atrás. Una vez te has corrompido no puedes regresar a la inocencia y la bondad. No he visto a nadie regresar de esa corrupción, excepto, en alguna medida, a Speer. Pero, claro, hay una enorme distancia entre un hombre como Speer y Stangl. Speer nunca vio lo que vio Stangl. Para mí fue algo excepcional acceder a Stangl, alguien tan centralmente involucrado en el Exterminio, un kommandant de campo de la muerte, y del peor, Treblinka.

Dice usted que lo peor, contra lo que la gente en general cree, no fue Auschwitz.

Auschwitz, pese a su nombre emblemático, no fue primordialmente un campo de exterminio; era en gran parte campo de concentración y en realidad hubo muchos supervivientes. Treblinka, como los otros campos de la operación que se dio en llamar Aktion Reinhard –en honor de Heydrich–, Sobibor, Belsec y Chelmno, eran espacios dedicados única y exclusivamente al exterminio sistemático: todos los que llegaban eran inmediatamente asesinados. Stangl decía que en Treblinka se procesaban, es decir se mataban, 5.000 personas en tres horas. No había necesidad, pues, de disponer vivienda ni alimentos. Él gestionaba muy eficientemente aquello, y aunque luego trató de culpar al sistema, obviamente disfrutaba. Quiso desesperadamente estar ahí, aunque sabía que lo que se estaba haciendo era malvado. Recibía los transportes en el andén del campo, que se había camuflado como una falsa estación romántica de tren con sus ventanillas, sus flores, sus letreros y hasta su reloj –que no funcionaba–, vestido con un traje de equitación blanco, y con una fusta en la mano. Veía descender a los pasajeros, esa multitud, sabiendo que todos, absolutamente todos estarían muertos en tres horas.

Los veía pasar hacia la muerte.

¿Cómo podía mirar a la gente que iba a morir? ¿Cómo podía a lo mejor tocar tiernamente la cabeza de un niño sabiendo que en unos minutos moriría inexorablemente? Eso es la total corrupción. Es fascinante ver cómo alguien se transforma en malvado.

Viéndolos como una masa informe de cuerpos y no como individuos dejó de considerarlos humanos.

Para él eran carga que se conducía a latigazos, y los muertos, carne podrida. Me explicó que años después en Brasil vio un vagón con ganado, observó las miradas de las reses y tuvo la misma sensación que en Treblinka. Y dejó de comer carne.

Entre aquel horror hay un caso que usted dice que ilustra perfectamente la catadura moral de Stangl. Una historia tan dolorosa…

Stangl me citó como un ejemplo de su calidad humana la relación que sostuvo con un ayudante judío, un kapo, Blau, con el que solía conversar. Un día, éste le dijo que su padre anciano había llegado en uno de los transportes. “Un hombre de 80 años, Blau, es imposible…”, empezó displicentemente Stangl. Pero lo que Blau, muy consciente de dónde estaba, quería es que se le diera una muerte más digna y rápida a su padre que en las abarrotadas cámaras de gas, y que le permitieran que lo llevara antes a la cocina y le diese algo de comer. Stangl se lo concedió. Mataron al anciano de un tiro en la nuca, en el Lazarett, el falso hospital. Blau fue luego a agradecer al comandante su autorización, y éste le dijo: “Bueno, Blau, no hace falta, pero, por supuesto, si quieres agradecérmelo, puedes”. Blau, claro, aunque Stangl no me lo concretó, fue eliminado más adelante, como todos. Estuve a punto de hacer callar a Stangl mientras me explicaba esa historia, que me parece representativa del grado de corrupción moral a que había llegado. Él no comprendía la monstruosidad de lo que contaba. Después de oírlo tuve que escapar y sentarme dos horas en un bar sintiendo un malestar como no había experimentado nunca. Luego, regresé.

Tener ante usted a un hombre como Stangl explicándole historias así, y haciéndole confidencias, durante 70 horas… Es como en ‘El silencio de los corderos’. Uno sufre por usted. Por su cordura y, si me permite la figura, su alma.

Bueno, seguramente deber recordar aquel momento en que aquel hombre…

El obispo.

Sí, aquel gentil obispo que en una visita al Vaticano mientras escribía sobre Stangl me advirtió: “Si uno se expone a sí mismo al mal, éste puede invadirle; vaya con cuidado, hija mía”. Y me trazó el signo de la cruz en la frente. Verá, no soy conscientemente cuidadosa con eso, aunque quizá si de una manera inconsciente. Si pretendiera protegerme totalmente no tendría esos encuentros. No obstante, en mis conversaciones con Stangl y otros como él supongo que desarrollaba una especie de desapego; tienes que no involucrarte de manera absoluta, tratar de tener una mirada objetiva. Pero debes andar con cuidado de, y éste es un punto peligroso, no identificarte con lo que ellos sienten. Verá, yo tenía miedo, temía esa vecindad dramática con Stangl porque, como yo, también él era vienés, habíamos sido educados igual.

Cara a cara con el monstruo.

Necesitaba tenerlo muy cerca. Tenía que verle perfectamente la cara mientras hablábamos. Porque las caras expresan mucho; de hecho te lo ofrecen todo, ves las reacciones de la persona. Por eso seguramente nunca debería haberle dejado a usted sentarse así, de espaldas a la ventana, porque su cara queda en la oscuridad y yo necesito ver las caras.

Ha dicho que Stangl y Speer eran muy diferentes.

Oh, sí, pero tenían esto en común: los dos querían que yo supiera lo que habían hecho. Stangl, de una manera primitiva; Speer, de una manera extraordinariamente sofisticada. Eran orgullosos ambos. En algunas preguntas pasaban por encima muy deprisa, ansiosos de ir al centro de todo aquello. “Siga, siga”, me decía Speer.

¡Vaya un mentiroso compulsivo, Speer!

¿Speer? No lo creo. Su caso iba mucho más allá. Pudo desarrollar un gran horror hacia su culpa. En el III Reich hubo, moralmente, muchos Stangl, pero el caso de Speer, ese hombre de gran talento e inteligencia, fue único.

¿Amaba Speer a Hitler?

Sí, lo amaba. Pero no es que estuviera enamorado. No era nada sexual, aunque sí con un componente erótico. Hitler era un ideal. Y ¿sabe? Hitler también amaba a Speer.

Le sedujo malvadamente, ¿no?

Eran dos personas que se necesitaban mutuamente, y por razones muy humanas. Speer sufrió mucho la relación con su padre y proyectó en Hitler un padre ideal. Y Hitler, por supuesto, nunca tuvo hijos, así que Speer fue algo similar a tener uno.

¿Fue algo bueno, en Hitler, la relación con Speer?

¿En Hitler? ¿Bromea? Hitler lo corrompía todo. Pero disfrutaban riendo y bromeando juntos, ¿puede imaginarlo? A veces Hitler decía en broma en respuesta al “Heil, mein Führer” de Speer, “Heil, Speer”, algo que nunca hizo con nadie.

En su libro sobre Speer, y de nuevo en ‘El trauma alemán’, explica la anécdota de la chaqueta.

Sí, una historia muy interesante. En una ocasión, cuando Speer era sólo un joven arquitecto del equipo que trabajaba para Hitler, éste, de visita en las obras de la Cancillería, lo invitó a comer. Como Speer se había manchado la chaqueta, Hitler le llevó a su habitación y le prestó una de las suyas. A la hora de comer todos los jerarcas nazis comentaron con asombro y envidia el que ese joven don nadie luciera las insignias personales de Hitler y se sentara a su diestra. Speer, con 27 años, cayó rendido ante ese gesto.

Luego, al final de la guerra, se rompió el encantamiento.

Hay ese momento de ruptura en el que Speer se hace consciente, dice, de la fealdad de Hitler, como si lo viera por primera vez. Lo que es curioso porque Hitler, ¿sabe?, no era en realidad feo. Es algo simbólico que alude a una fealdad moral.

¿Era culpable Speer?

Lo condenaron a 20 años en Núremberg. Si a lo que se refiere es a si sabía lo del programa de exterminio, ese fue el tema central de nuestro encuentro. Nunca sabremos exactamente cuánto sabía de eso. Él no tuvo un contacto directo con los asesinatos como Stangl.

Bueno, vio la inhumana explotación de los trabajadores esclavos en las infernales instalaciones subterráneas Dora de cohetes V-2, de las que era responsable como ministro de armamento.

Sí. Speer sabía cosas, indudablemente. Supo del programa de eutanasia nazi. Sabía que los trenes iban al Este, que se hacía trabajar a la gente hasta morir, que pasaban cosas terribles con los judíos. De haber confesado que sabía todo eso en Núremberg lo habrían ahorcado. Pero nunca estuve segura, en cambio, de que supiera de la existencia de los campos de exterminio. Sea como fuere, era culpable de conocimiento. También lo era Kurt Waldheim. El problema con un conocimiento como ése es qué haces con él, cuál es el siguiente paso. Y el hecho es que muy poca gente asume que ese paso es la acción. Porque la acción, en un caso como el que nos ocupa, en el III Reich, es increíblemente peligrosa, significa jugarse la vida, no sólo la de uno mismo sino la de toda su familia. Pese a su amistad, Hitler no hubiera dudado en eliminar a Speer; Hitler era unidireccional en su pensamiento. Hablando con esa gente que supo lo que sucedía en Alemania siempre me he preguntado qué hubiera hecho yo en esas circunstancias, y en la mayor parte de las ocasiones he de confesar que creo que no hubiera hecho nada.

¡Pero si usted es una mujer muy valiente, capaz de meterse en una habitación con un monstruo y de ayudar a huir a un paracaidista inglés disfrazándolo de monja!

En absoluto, no soy ninguna heroína, tengo un miedo enorme al dolor físico.

Usted vio a Hitler.

Sí. De hecho, dos veces. La primera en 1934, cuando era muy pequeña. El tren en que viajaba a Londres, donde estaba interna en un colegio, desde mi casa en Viena, se averió en Núremberg y me llevaron a ver con otros niños el gran congreso del partido nazi. Me impresionó mucho. Esos millares de personas, todos actuando al unísono, amando juntos a ese hombre en la altura, esa pequeña figura lejana… No decía nada repulsivo. Hablaba de amor a la patria. Sólo después fui consciente de lo que significaba Hitler, y entonces me avergoncé de aquella emoción. Verá, yo ni siquiera sabía qué era el antisemitismo, aunque Viena estaba llena de judíos. La segunda vez que vi a Hitler fue tras el Anschluss, la invasión de Austria, en el balcón del hotel Imperial.

Al día siguiente se enfrentó a un grupo de SA que obligaban a un puñado de judíos a limpiar la calle con cepillos de dientes. ¡Y luego dice que no es valiente!

Uno de esos judíos era nuestro médico y me había salvado la vida de niña. Me indignó que lo trataran así. Debí avergonzar a los camisas pardas y a la gente que reía el espectáculo, porque todos se marcharon. El médico fue gaseado en 1943 en Sobibor.

¿Qué recuerda del proceso de Núremberg?

Un amigo que era traductor me dio un pase de visitante y asistí a un par de sesiones.

La atmósfera debía ser muy especial, pocas veces se habrá visto en la historia tal acumulación de maldad en el mismo espacio.

Sí, pero era muy extraño. Era difícil ver como malvados a esos hombres sentados y bien vestidos, arreglados, con trajes limpios. Los procesados disponían de ropa limpia cada mañana del juicio, lo que era un raro privilegio en aquella época, algo muy exótico para nosotros. Uno de ellos era Speer, claro, entonces yo no estaba particularmente interesada en él. Pero me pareció excepcionalmente atractivo y con una actitud muy diferente a la de los demás, muchos de los cuales se concentraban en sus papeles y no miraban a los otros, ni a los testigos. Speer estaba completamente atento a lo que sucedía. En general eran un grupo bastante ordinario, en el sentido de que parecían gente corriente. Incluso Goering o los otros grandes del régimen no parecían criminales, no parecían culpables. Y lo eran todos, en una medida u otra. Luego he visto muchos juicios, no sólo de criminales de guerra. Me interesa mucho la ley, el lado humano de los tribunales de justicia. Me parece tremendamente interesante.

Usted deplora el escaso conocimiento del nazismo que tiene en general la gente.

La mayoría sabe muy poco o tiene un conocimiento muy distorsionado. Por ejemplo, se suele considerar el único crimen de los nazis el asesinato de los judíos. Fue el crimen peor, sin duda, pero los nazis cometieron otros, y no hablar de ellos impide que mucha gente se sienta aludida directamente, personalmente, por el horror del III Reich. Recuerdo, por ejemplo, una charla que les di a unos adolescentes en Hamburgo. Quedaron anonadados al saber que en su propia ciudad los nazis mataron, gaseándolos, a cerca de 30.000 niños alemanes minusválidos en su programa de eutanasia.

Se enfrentó a David Irving, que sostenía la tesis de que Hitler no estaba al corriente de la Solución Final, al menos hasta 1943.

No se puede permitir la menor falsificación de la historia del nazismo.

¿Qué opinión tiene de cómo están las cosas en Alemania?

Respecto a la época nazi, la juventud tiene ahora una actitud más intelectual que emocional. Se ha librado en buena parte de la ira, el dolor y la culpa de sus mayores. Creo que, en general, los jóvenes alemanes son menos racistas que los de los otros países de Europa.

En sus entrevistas suele empezar por la infancia de los personajes, buscando en ella algo que explique su carácter. ¿Hay algo en su propia infancia que haya propiciado su interés por el mal?

Me preguntan sobre eso una y otra vez. No, la verdad es que no sé cómo empezó ese interés. Tuve una infancia muy tranquila y muy feliz. Adoro mi infancia en Viena, fue absolutamente ideal. No puedo recordar que hubiera nada maligno en ella. Lo que me interesa, en todo caso, no es el mal en sí mismo, sino investigar lo que hace que los seres humanos nos hundamos tan a menudo en la violencia y la amoralidad. Todos; usted, yo, todos absolutamente, tenemos una fuerza moral en nuestro interior, algo que nos marca claramente la línea divisoria entre el bien y el mal y nos da la capacidad de tomar las decisiones adecuadas. Ésa es la esencia de la persona. Y es vulnerable. Por qué el instinto de bondad se pervierte, de qué forma la gente se corrompe, cómo se pueden producir grietas morales tan catastróficas como la de Stangl, ese es mi principal interés. Quiero saber por qué las cosas malas ocurren. Ese interés nunca ha cesado. La gente me decía: “Cuando tengas hijos, cuando seas vieja, cambiarás, ya sólo te interesará tu familia, tu vida”. Pero no, mi vida está, no dedicada pero sí especialmente orientada a conocer más de las circunstancias, las acciones y las emociones humanas, de la elusiva naturaleza del mal, y no puedo parar en esa búsqueda de conocimiento.

El tema de los niños, de la infancia herida, es muy importante en su vida. En ‘El trauma alemán’ dedica un capítulo a los niños robados, esos niños que los nazis arrebataron a sus padres y entregaron a familias alemanas para arianizarlos.

Ésa es una de las cosas que no puedo olvidar. En su mayoría eran de familias polacas, familias humildes y no muy educadas. Los nazis los seleccionaban por su aspecto y se los llevaban para germanizarlos. Parte de mi trabajo en la Administración de Naciones Unidas para la Ayuda y la Reconstrucción tras la guerra consistió en localizarlos y devolverlos a sus casas. Y eso era un trauma para ellos: les sacábamos de aquellos confortables hogares alemanes, donde sin duda eran muy queridos, para enviarlos a un lugar que no recordaban, con unos padres biológicos a los que no reconocían…

La música les sirvió de ayuda.

Las canciones de infancia polacas eran a veces el único medio para ayudarles a recobrar su pasado y su identidad.

Esa misión suya con los niños me ha hecho pensar en ‘El rey de los alisos’, de Michel Tournier. Aunque el protagonista de la novela hacía al revés: se llevaba a los niños de sus hogares para conducirlos a una Napola, una escuela de élite de las SS.

Extraña historia.

A usted, uno de los niños que rescató, uno que tenía una hermana gemela, trató de pegarle por lo que había hecho.

Sí, estaba furioso conmigo, fue una situación imposible. ¿Cómo podía aquel niño saber dónde estaba la ley y la justicia? Sólo sabía que por mi culpa se lo arrebataban todo para arrojarlo en un destino desconocido.

No habrá tenido usted una infancia infeliz, pero ha conocido muchas.

Sí, pero, verá, también me siento afortunada por lo que he conocido de las consecuencias de la guerra, las experiencias que he tenido.

El cineasta Hans-Jürgen Syberberg preguntó a Winifred Wagner qué habría hecho si Hitler hubiera sobrevivido y llamara a su puerta. Ella dijo que le abriría los brazos. Speer dijo, en cambio, que él llamaría a la policía. ¿Y usted?

Le haría pasar, sin duda, para hablar con él. Nada me fascinaría más que hacer con Hitler lo que hice con Stangl o Speer.

¿Qué cree que es lo más intrigante de Hitler?

No sabemos qué tenía contra los judíos, el porqué de esa obsesión que le llevó al exterminio. Mucha gente ha intentado buscar la respuesta a esa cuestión, rastreando incluso algún trauma personal. Se ha dicho que su madre murió tras ser tratada por un médico judío, por ejemplo. Pero la verdad es que no sabemos la razón del odio de Hitler. Si hubo algo concreto, no lo hemos encontrado; Hitler no lo confió a nadie que sepamos, ni a un diario. Creo que será muy difícil encontrarlo.

Dice usted que estamos al final de la caza de nazis.

Se ha acabado. No por la edad de los criminales, sino por la de los testigos. No se les puede llevar ya a un tribunal, la memoria les falla, sufren espantosamente y su esfuerzo, además de doloroso, resulta inútil. Desgraciadamente ya no son fiables.

Y ahora que Simon Wiesenthal ha muerto…

Wiesenthal no me gustaba. Era un hombre muy arrogante. Autosatisfecho, pagado de sí mismo. Pero como alguien me dijo una vez, si no hubiera existido habríamos tenido que inventarlo. Se hizo muy popular y eso le procuró mucha información que condujo a la captura de muchos nazis.

¿Todavía quedan muchos peces gordos libres?

Algunos.

¿Martin Borman? Usted parece sugerirlo en algún momento en sus libros.

Probablemente ha muerto, y de la manera descrita oficialmente.

Desde su pulso con Irving, los revisionistas y neonazis la han tomado con usted. La atacan en Internet. Se le ha criticado no haber grabado las conversaciones con Stangl y Speer. Sólo de pensar que ahora podríamos estar oyendo aquellas voces…

Alguno de los que entrevisté no hubieran hablado ante una grabadora, y otros lo hubieran hecho de otra manera. La verdad es que no me importa que me critiquen por eso. No tengo nada que esconder. En cambio, la conversación con Mary Bell sí que la grabé.

Usted fue estudiante de arte dramático, y en la escuela de Max Reinhardt nada menos. Tengo la sensación de que eso le ha ayudado en su trabajo. Hay algo teatral, en el mejor de los sentidos, en sus libros. Su biografía de Speer fue la base de una pieza de David Edgar que dirigió Trevor Nunn en 2000. Y Harold Pinter dice que sus obras le han inspirado, la biografía de Speer, notablemente, para escribir ‘Ashes to ashes’.

Es cierto que el teatro me ha ayudado. La escritura y la interpretación están a menudo muy relacionados. Cuando escribo pienso muchas veces en términos visuales. El propósito del arte dramático, por otro lado, es enseñarte a que te abras a los sentimientos, y eso es útil en las entrevistas.

Pero de nuevo peligroso.

Es cierto.

¿Tiene pesadillas con Stangl?

Las tuve. Extrañas pesadillas. Aparecían en ellas mis hijas. Cesaron al acabar todo (Stangl murió el 28 de junio de 1971, a causa de un ataque cardiaco, 19 horas después de la última entrevista con Sereny).

Desde aquella oscuridad

Franz Stangl era un ex-policía austríaco que acabó siendo el jefe del campo de exterminio más grande del sistema genocida nazi; en dicho campo se llegaron a exterminar entre 900.000 y 1.200.000 judíos en poco mas de un año y medio.

Gitta Sereny, autora del libro, se entrevistó con Stangl hasta poco antes de que éste muriera de un ataque de corazón en la cárcel de Dusseldorf el 28 de junio de 1971. Al hilo de las conversaciones que Stangl, Sereny va contraponiendo la información que éste le va dando con otras que le dan otras personas que vivieron en la misma situación y en el mismo tiempo histórico.

Stangl era, como otros gestores del universo concentracionario nazi, de origen austríaco (Eichmann, Kaltenbrunner, Globocnik o Gustav Münzberger) y a lo largo de los primeros capítulos la autora va describiendo sus orígenes como artesano textil y policía en Linz para acabar siendo enviado a una clínica, Schloss Harteim, donde se aplicaba la eutanasia a deficientes psíquicos y enajenados mentales.

De entre todo el personal SS empleado en el proceso de eutanasia, unos 400 individuos, 96 fueron seleccionados para organizar y ejecutar el llamado Plan Reinhardt que consistía en crear campos de exterminio (no de concentración) destinados a “liquidar” el problema judío. Estos campos de exterminio fueron 4: Belzec, Sobibor, Chelmno y Treblinka. Todos en la zona este de Polonia, en el distrito de Lublin. Estos campos estuvieron funcionando durante los años 41 al 43 en que fueron clausurados y hechos desaparecer físicamente. Nuestro protagonista fue uno de los 96 seleccionados y bajo las órdenes de Odilo Globocnik y Crhistian Wirth dirigió sucesivamente los campos de Sobibor y Treblinka donde se hizo tristemente famoso al ser considerado el mejor comandante de campo de concentración alemán. Acabó la guerra reprimiendo partisanos en la zona de Trieste bajo el mando de Wirth y con el grado de capitán.

Al acabar la guerra fue encarcelado por su colaboración con los programas de eutanasia y estuvo de cárcel en cárcel hasta que pudo escapar y, vía Vaticano, llegar a Siria donde estuvo unos años trabajando. Finalmente emigró a Brasil donde vivió con su familia con su propio nombre hasta que fue denunciado por Simón Wiesenthal y deportado a Alemania en 1968. Allí fue juzgado y condenado a cadena perpetua por el asesinato de 900.000 personas en Treblinka.

Por las páginas de Desde aquella oscuridad van desfilando la vida de la Austria pre-nazi, el mundo de los sanatorios destinados a la eutanasia que fueron el germen organizativo y conceptual de los programas de gasificación de los campos de concentración y de exterminio. El capítulo mas extenso es el dedicado al origen, auge y declinación del campo de Treblinka con su rebelión final en agosto de 1943. En esta descripción no se ve tan claro la diferencia entre unos condenados que vivían del expolio de sus correligionarios gaseados y unos victimarios que estaban librados al poder de sus valores existenciales porque tenían un poder omnímodo sobre la vida y la muerte de miles de seres humanos. Dependiendo del carácter los había mas crueles o más compasivos.

La autora se extiende sobre la participación del Vaticano en la creación de una red de escape de los nazis hacia Sudamérica y el Oriente Próximo. Describe la germanofilia del papa Pío XII y el silencio cómplice con el régimen nazi al que nunca denunció públicamente y del que nunca quiso creer que practicaba la política de exterminio étnico que se descubrió al final de la guerra.

La parte mas interesante del libro es la que describe las conversaciones con Stangl y su mujer, Theresa, en la que “deconstruye” la costra de racionalización que ambos aplicaron a lo que Stangl hizo en Sobibor y en Treblinka. “Solo estaba al cargo de la administración del campo”, “si no lo hubiera hecho yo, otro lo hubiera hecho”, “si no lo hubiera hecho se hubieran vengado en mi familia”. El olvido, el distanciamento temporal y físico así como las ganas de olvidar que tenían las potencias vencedoras de la guerra hicieron que Stangl pudiera vivir tranquilamente en Brasil con su propio nombre. Solo en el juicio y en la entrevista que se describe en este libro aparece un resquebrajamiento del cemento racional autojustificatorio que se había impuesto la pareja.

“Agarró la mesa con ambas manos como si debiera sujetarse allí.
- ‘Pero yo estuve allí (en Treblinka) (…) de modo que sí, en realidad comparto la culpa… Porque mi culpa…mi culpa… sólo ahora en estas conversaciones… ahora que he hablado de ello por primera vez… (…) mi culpa es que sigo aquí. Ésa es mi culpa. Debería haber muerto. Ésa es mi culpa.
- ¿Quiere decir que debería haber muerto o que debería haber tenido el coraje de morir?
- Lo puede decir así.”

Ésta fue la última conversación que tuvo Stangl en vida, murió de un ataque de corazón en su celda 19 horas mas tarde.

Cae el mito de Speer

Algunos historiadores afirman que él era el único por quien Adolf Hitler sentía una amistad y una admiración casi erótica. Porque no era un proletario ni un fanático más del Partido Nacionalsocialista, sino un hijo de buena familia, elegante y educado. Y era además un arquitecto genial que no tenía límites para sus proyectos megalómanos.

El mito de Albert Speer, condenado a 20 años de prisión en los juicios de Nüremberg y muerto en libertad en 1981, acaba de caer definitivamente con la publicación de documentos desconocidos de las SS. Se trata de archivos sobre la construcción de Auschwitz que indican que el arquitecto de Hitler y ministro de Armamento y Municiones del Tercer Reich sabía perfectamente de los asesinatos en las cámaras de gas.

En los juicios de Nüremberg, Speer afirmó hasta el último minuto que no sabía nada del Holocausto y fue condenado a veinte años de prisión. Entonces no se contaba con los documentos ni las pruebas encontradas a lo largo de las últimas seis décadas, que según los historiadores le habrían valido la pena de muerte. Speer quedó libre en 1966 y se volvió a integrar sin problemas en la sociedad alemana.

De las actas encontradas por la historiadora Susanne Willems se desprende que Speer fue informado al detalle por los dos colaboradores que envió a Auschwitz en mayo de 1943. El mismo día que los funcionarios Desch y Sander estuvieron en el campo de exterminio fueron asesinados un millar de judíos del gueto polaco de Sosnowiec.

Fuentes
http://www.elpais.com/articulo/portada/pesadilla/nazi/elpeputec/20051127elpepspor_1/Tes
http://novilis.es/?p=981
http://edant.clarin.com/diario/2005/05/10/elmundo/i-02701.htm