miércoles, 12 de abril de 2017

EL INFIERNO DE LOS JEMERES ROJOS, Denise Affonço


Con posterioridad al Holocausto, el régimen de terror de los jemeres rojos en Camboya, vigente de abril de 1975 a enero de 1979, fue una de los más atroces manifestaciones de lo que Zygmunt Bauman denominó, en una gráfica caracterización del totalitarismo, el “estado jardinero”, que “toma a la sociedad que dirige como un objeto por diseñar y cultivar y del que hay que arrancar las malas hierbas” (v. Bauman, Modernidad y Holocausto). Es cierto que entre el Tercer Reich y la República Democrática de Kampuchea (el nombre dado a Camboya por el régimen de Pol Pot, líder de los jemeres rojos) hubo –entre muchas otras- una diferencia sustancial, surgida del lugar de la modernidad en las respectivas matrices ideológicas: mientras la cosmovisión hitleriana concedía un rol fundamental a la tecnología moderna y a la industrialización, los jemeres rojos estaban embebidos de un odio visceral al capitalismo, tal que aspiraban a la realización de una utopía agraria contrapuesta a los proyectos industrializadores que los regímenes comunistas solían implementar en sus respectivos países (desde la URSS en adelante). No obstante, el de Pol Pot fue en todas sus facetas un ejemplo de ingeniería social practicada a escala nacional, en que un régimen establecido a sangre y fuego hizo del país entero un vasto laboratorio de gestión integral de la población, orientada al cultivo de un “hombre nuevo”. El espeluznante resultado fue el exterminio de una porción ingente de la población camboyana, que según cálculos fiables se aproximaría a la tercera parte del total (que en 1975 ascendía a unos 7 millones y medio de habitantes). Esto significa que, en términos proporcionales, el régimen de Pol Pot, de inspiración maoísta, fue el más cruento de un siglo cuajado de gobiernos criminales. El abominable experimento sólo terminó cuando los vietnamitas invadieron el país, el 7 de enero de 1979. Mientras duró, millones de personas se vieron convertidas en reclusos de un enorme campo de concentración, cuyas dimensiones prácticamente coincidían con las fronteras nacionales. Una de esas personas fue Denise Affonço, nacida en 1944 en Phnom Penh y de nacionalidad francesa. Su marido fue ejecutado por los jemeres rojos y su hija de 8 años murió en sus brazos, consumida por el hambre. Ella y su hijo mayor (contaba 12 años en 1979) sobrevivieron apenas a las penurias del “campo de reeducación” en que la familia fue confinada desde la alborada del régimen. Poco después de la caída del régimen, Denise, quien durante casi cuatro años cargara con el estigma de “burguesa” –mujer corrompida e irrecuperable para la sociedad-, escribió su testimonio del calvario recién padecido.
Ella misma se describe en El infierno de los jemeres rojos como un producto puro del colonialismo. Su padre era un ciudadano francés de ancestros portugueses e indios, su madre era vietnamita. En 1975 trabajaba como secretaria en el servicio de cultura de la embajada francesa en Phnom Penh. A poco de consumarse la toma del poder por los jemeres rojos, la capital camboyana fue mayoritariamente desalojada y sus habitantes desplazados a campos de concentración, destino del que no escaparon Denise y su familia, compuesta por su compañero (un hombre de negocios chino y simpatizante de los comunistas) y los dos hijos de la pareja. Se suponía que el confinamiento tenía por objetivo la reeducación y el disciplinamiento, pero la verdad era mucho más cruda: los nuevos señores del país no tenían suficientes balas para ejecutar a todos sus enemigos de modo que los sometían a un sistema de muerte lenta. En poco más de tres años y miedo de gobierno polpotiano, la inanición, las enfermedades y la extenuación acabaron con la vida de cerca de dos millones de camboyanos.
En un país de extensos arrozales, los reclusos disponían sólo de raciones exiguas de arroz; en un país de árboles frutales, los reclusos casi olvidaron el sabor y el aroma de las frutas. Un mísero potaje de arroz o una aguachirle en que nadaba algún minúsculo trozo de verdura o de pescado: esto era la dieta más frecuente de los confinados en los campos. Aplacar el hambre se transformó en la obsesión excluyente de estas gentes, cuyas declinantes fuerzas debían emplearse en arduas labores agrícolas o de construcción (de primitivas represas sobre todo), a las que en su mayoría no estaban habituadas. Por descontado que las condiciones de higiene eran paupérrimas, y que los enfermos no podían ilusionarse con recibir un tratamiento médico adecuado. Denise Affonço, que tenía el francés por idioma cotidiano y que no trabajaba con las manos, no podía ser sino una burguesa y una intelectual: catalogada como elemento inservible e irredimible, debía empero asistir a sesiones diarias de adoctrinamiento en que unos fanáticos raramente alfabetizados y ebrios de ideología machacaban el cerebro de personas desnutridas, exhaustas y moralmente quebrantadas. Los opresivos reglamentos, los eslóganes -demenciales y repetidos hasta la saciedad- y los actos de autoinculpación minaban toda voluntad de resistencia y ahogaban cualquier asomo de dignidad en las muy denigradas víctimas. Nimiedades como portar gafas y cruzarse de piernas estaban terminantemente prohibidas: había que suprimir esos indicios de intelectualidad y esos aires de arrogancia capitalista. Antes de un año, adultos y niños perdían todo remilgo en materia de alimentación, y nada que tuviese aspecto comestible se libraba de ser ansiosamente devorado. De modo inevitable, el dramático relato de la autora adquiere ribetes escabrosos cuando se enfoca en las premuras de la supervivencia. Por estremecedora que resulte la lectura, no hay sino asumirla y cobrar conciencia de un episodio histórico tan horrendo como vergonzoso.
La banda de criminales que se enseñoreó de Camboya no tuvo piedad alguna con los hijos de los “podridos burgueses”: improductivos como eran, su magra alimentación los condenaba a extinguirse hasta la muerte en cuestión de meses; ocasionalmente convertidos en merodeadores de las cocinas ajenas –las de los celadores y los jefes-, el robo de alguna banana o de un trozo de mandioca les acarreaba una pronta ejecución. Frecuentemente eran sustraídos de la custodia de sus padres y obligados a realizar un extenuante trabajo de adultos. Ya reducidos a macilentas figuras andantes, los niños eran vaciados de su educación anterior y se les indoctrinaba en la veneración y el temor del régimen. (En paralelo, sus padres eran forzados a deshacerse de cuanto les recordase su vida pasada, incluidas las fotografías familiares.) Se les enseñaba que los modales y señales de cortesía eran inútiles, tanto como el respeto por sus padres y parientes. Los valores y los afectos familiares fueron casi completamente borrados en aquellas frágiles criaturas. La paternidad y la devoción filial perdieron todo sentido: de los niños sólo importaba la entrega en alma y cuerpo a Angkar (camboyano por “la Organización”).
Angkar era el nombre clave del Partido Comunista de Kampuchea, el de los jemeres rojos. En la narración de Denise Affonço adquiere por momentos proporciones míticas, asomando como un ente revestido de atributos sobrenaturales. Angkar es un terrible espantajo o el demonio de las pesadillas, un ser omnisciente y todopoderoso que desde las sombras lo controla todo y en cuyo nombre se hace todo. Es la versión espectral del Hermano Mayor (o Gran Hermano) de Orwell, mucho peor que él en verdad, puesto que carece de todo cuanto asemeje una corporeidad humana. Es un ente abstracto al que se adora o se teme. Aquellos que se hacen llamar los libertadores de Camboya, los jemeres rojos, tienen siempre en sus labios el nombre del que guía sus pasos, y lo invocan en voz alta cada vez que infligen un castigo a los enemigos de clase. Mienten también los rojos, a espuertas y sin rebozo, siempre en nombre de Angkar; al principio, cuando se trata de aplicar medidas drásticas como la de despoblar Phnom Penh, embaucar a los enemigos con referencias a la buena voluntad y la sabiduría infalible del misterioso ser puede resultar más provechoso que valerse de una violencia franca e inmediata. Angkar, deben entender los burgueses y antiguos explotadores, vela incesantemente por el bienestar del pueblo… Faltó poco para que los victimarios exigiesen de sus víctimas que agradecieran a Angkar su severidad; ¿a quién si no debían la oportunidad de expiar en los campos sus faltas, o, más bien, la falta de ser lo que eran (en vez de lo que hubieren hecho)?
Para Denise, y para nosotros sus lectores, casi tan estremecedora como la relación de sus padecimientos camboyanos es la constatación de que en Francia, a la que consideraba su verdadera patria y a la que arribó meses después de su liberación –en compañía de su hijo-, cundía una muy escasa disposición a atender su testimonio. No se trataba de simple indiferencia, sino de la hegemonía de la gran quimera de izquierdas. Estaba en la fisonomía de la época aquello que denunciara François Furet en emblemático libro finisecular: la ilusión comunista contagiaba incluso a quienes, especialmente en el gremio de los intelectuales, no profesaban el ideario marxista, y la realidad de los países comunistas, aunque abundasen señales de lo mal que ellos iban, era encubierta por la coartada del gran ideal, de la mayor ilusión del siglo. No abundaban en la Francia de 1980 los que quisieran enfrentar la cruda realidad de Camboya, aquel remoto rincón de su extinto imperio.
Sin más pretensiones estilísticas que la llaneza y la claridad, ni otro horizonte moral que una indeclinable honestidad, el de Denise Affonço es un libro de denuncia que merece figurar entre los más necesarios e impactantes del siglo XX.
- Denise Affonço, El infierno de los jemeres rojos. Libros del Asteroide, Barcelona, 2010. 256 pp. Fuente: hislibris

domingo, 2 de abril de 2017

Japón 1941, Eri Hotta


«Un fenómeno que puede notarse por toda la historia, en cualquier lugar o período, es el de unos gobiernos que siguen una política contraria a sus propios intereses. (…) ¿Por qué quienes ocupan altos puestos actúan, tan a menudo, en contra de los dictados de la razón y del autointerés ilustrado?». Barbara Tuchman
Lo del 7 de diciembre de 1941 califica perfectamente como una pasmosa muestra de locura en la conducción de un estado; no por casualidad Barbara Tuchman le dedica unas páginas en la introducción de La marcha de la locura, su estupendo libro sobre la insensatez gubernamental. En efecto, el ataque japonés a Pearl Harbor responde a cabalidad al concepto tuchmaniano de gobierno contrario al propio interés: la especie de mal gobierno signada por la persistencia perversa en una política que se sabe inviable o contraproducente. Los líderes japoneses embarcaron a su país en la más temeraria de las aventuras a sabiendas de que nada sugería la más mínima probabilidad de triunfar –ni el más leve indicio o dato concreto, ningún cálculo lógico o razonamiento desapasionado-. A partir de la conquista de Manchuria (1931), la política exterior japonesa fue una acumulación interminable de desatinos cuyo peso terminó por aplastar en la dirigencia japonesa toda capacidad de autocrítica y de evaluación objetiva de los hechos, sucumbiendo a una deletérea mixtura de miopía, ambición desmedida, arrogancia y testarudez; sus movimientos estaban también condicionados por la inseguridad del advenedizo, derivada del estatus de potencia emergente, y por una tendencia a la autocompasión alimentada por la idea de que Occidente no reconocía al país el lugar que le correspondía entre los grandes del orbe. La actuación del Japón en el plano internacional era la de un matón resentido que alegara verse empujado a agredir a los demás. La pobreza de sus recursos materiales y la vulnerabilidad de su condición insular, dependiente de rutas de navegación y de relaciones comerciales notoriamente expuestas, eran factores que restringían severamente las proyecciones de cualquier expansionismo agresivo. En la víspera de Pearl Harbor, la nación cuyos dirigentes arrojaron a una imprudente empresa bélica distaba mucho de nadar en la abundancia; las tropas destacadas en territorio chino estaban famélicas, mientras que un riguroso racionamiento de los artículos de primera necesidad –sobre todo alimentos- atenazaba la vida cotidiana de la población civil. La industria militar apenas podía abastecerse de materias primas, al extremo que el centro de Tokio se vio despojado de las suntuosas vallas metálicas que rodeaban los edificios gubernamentales: los fusiles y los buques de guerra demandaban todo el metal disponible. La escasez de petróleo, en fin, era un escollo estratégico de primerísima magnitud. Continúa leyendo